Natasha Estanga

Por qué decir: “el arte contemporáneo no sirve”, te hace mas pretencioso e ignorante de lo que crees?

Cuando una mujer llamada Avelina Lesper hiciera una conferencia afirmando que el arte contemporáneo “era feo y sin sentido” después de esta contundente frase, cientos de artistas contemporáneos protestaron al respecto.

Nos hemos quedado atrapados en el pasado. Aún nos acecha el sentimiento de nostalgia cuando vemos una pintura de Renoir (quien también fue sumamente criticado por no tener una finalidad y sólo pintar bonito) o Matisse, quien en su tiempo fue considerado una bestia por sus creaciones innovadoras que cambiarían la figuración y el arte para siempre.

“Nadie está mal y nadie tiene razón por completo, el arte se trata de cambios, de innovación, de destruir conceptos, experimentar con nuevas propuestas y provocar”.

Entonces nos aventuramos a asegurar que el arte del pasado es mejor, que los trabajos artísticos contemporáneos son una basura, el fin del arte y el principio de la decadencia. A grandes artistas contemporáneos como Duchamp lo castigan con sentencias como, “un artista falto de originalidad, ladrón, usurpador o un payaso que no hizo más que poner un urinal en medio de una sala de museo”. Aunque en la realidad, si observamos la evolución del arte, podemos notar los patrones, cambios y el verdadero valor del arte contemporáneo.

Algunos aseguran que el arte debe representar la realidad (y por esa razón descalifican lo no figurativo), otros consideran que se trata de las emociones que provoca (aman a los expresionistas y no entienden a los pintores ortodoxos que se basan en reglas como la proporción áurea). Nadie está mal y nadie tiene razón por completo, el arte se trata de cambios, de innovación, de destruir conceptos, experimentar con nuevas propuestas y provocar.

Los griegos perfeccionaron la naturalidad del movimiento del cuerpo en el mármol;  en el Renacimiento, artistas como Da Vinci y Miguel Ángel experimentaron con la perspectiva y las medidas corporales; en el Barroco una verdadera técnica pictórica nació para jugar con las sombras y claroscuros y dar más realismo a las piezas; los impresionistas premiaban la luz que la combinación de colores proporcionaba a las obras; los cubistas quisieron representar algo tridimensional en sólo dos dimensiones y los surrealistas pintaron realidades inexistentes, imposibles y oníricas en sus cuadros.
Existen grandes ejemplos que ponen en alto al arte contemporáneo. Cildo Meireles, por ejemplo, hace de su arte un estudio poético de la sociedad para contestar interrogantes sobre el capitalismo, la sociedad, el legado histórico y el papel del espectador en el arte. La perversa obra de Santiago Sierra visibiliza la desigualdad, la horrible procedencia del trabajo y el dinero, y la discriminación racial irrumpiendo en la sociedad, generando caos y  violencia a través de sus performance e instalaciones.

 

Decir que el arte contemporáneo no sirve, que no vale la pena o que es basura, sólo nos demuestra la falta de memoria histórica, de estudios y de conocimiento sobre el arte para ponernos al nivel de esos rigoristas que hace más de cincuenta años aseguraban que la obra de Matisse era aterradoramente horrible, que los trazos de van Gogh nunca lograrían venderse o que sólo lo bello podía ser considerado arte.

 

El arte del siglo XX y el siglo XXI está destinado a desafiar, para poner en duda los conceptos que conocemos: ¿qué es el arte?, ¿eso es arte?, ¿qué distingue al arte de la realidad?, si eso es arte ¿por qué lo que yo hago no lo es?. Las respuestas no sólo involucran al artista sino al sistema del arte, al mercado, al consumo, los mecenas y, por supuesto, las relaciones públicas y el marketing.

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