La posición de la mujer en el arte siempre ha sido discriminatoria

Natasha Estanga

La posición de la mujer en el arte siempre ha sido discriminatoria

En el mundo del arte hay preguntas que valen la pena plantearse y otras que no. Existen las necias, por no decir absurdas –véanse los discursos de la Señora Lésper como ejemplo– y aquellas que de verdad invitan a la discusión sin necesidad de solipsismos cansados o caídas al vacío. Cuestionar las prácticas artísticas del presente desde cualquier flanco, omitiendo absurdos de carácter validador o de supuesta polémica, es prácticamente una obligación para aquellos interesados en el tema y que viven de cerca los movimientos, tanto políticos como sociales e institucionales, del ámbito. No debemos tropezar en un terreno donde las “indignaciones” o problemas de análisis se mantengan en el mismo marco del siglo XIX e insistan con paradigmas superados que pretenden escandalizar mediante controversias metafísicas.

Y no sólo eso. Tras la publicación de la decimoquinta edición de ArtReview Power 100 y el posicionamiento de Hans Ulrich Obrist como el personaje más poderoso e influyente del medio, decenas de espectadores se han alzado en una vacua protesta contra el veredicto final. Intentando devolver protagonismo y cierta jerarquía al sistema creativo de hoy, los detractores de este dictamen se preguntan –aparentemente sin ninguna información previa– acerca de las razones que influyeron a que un no-artista recibiera dicho título. El porqué a un hombre sin producción artística bruta se le ha dado tal honor.

Arrastrar los límites de la reflexión a ese tipo de intrigas, además de obsoleto resulta vergonzoso. Seguir pensando que un artista, sea cual sea su campo disciplinario, puede posicionarse por encima de cualquier otro agente en el arte, sobre todo tras la aparición de Saatchi, Koons, Zabel y el mismo Obrist, es un anacronismo que ni siquiera merece nuestra atención en 2016. Sí, salta a la vista que a pesar de ejercicios estéticos (y gubernamentales) como los de Ai Weiwei, Cildo Meireles, Teresa Margolles, Gina Pane y Judy Chicago, sea un curador la máxima autoridad de las artes en la actualidad; no obstante, si hemos prestado un poco de atención a lo que sucede en el mercado, el coleccionismo y acercamiento del mismo dominio, no hay motivo para tanta extrañeza.

Nublando la perspectiva con cuestionamientos insulsos, es que podemos perder de vista grandes problemáticas en el funcionamiento de dichas estructuras y omitir que entre los primeros lugares sólo aparecen tres mujeres en el listado.

Retomando un análisis de datos provisto por Artsy y las Guerrilla Girls, el género femenino ocupa una representación escasa en el mundo del arte. Solamente el 32% de los nombres que figuran en la selección son mujeres, obviando que en este marco aún falta una apertura a la diversidad y una perspectiva inclusiva de mayor espectro.

No sin antes mencionar, claro, que de los 100 elegidos solamente figuran 16 personas provenientes de Asia, 7 de América Latina, 5 afrodescendientes y 3 del Medio Oriente; cerrando todavía más las posibilidades de visibilidad en un ranking que a leguas es dominado por el género masculino perteneciente a los cánones del hombre occidentalizado y de actividad en las regiones “importantes” del planeta Tierra.

Eso se puede esclarecer si consideramos el siguiente dato. 51 integrantes de los “poderosos 100” ha nacido en Europa, 22 en EUA, 13 en Asia, 8 en Latinoamérica, 3 en África y otros 3 en el Medio Oriente.

En este sentido, ser hombre no es la única condición para quebrar la presencia de otros personajes en territorio estético; se necesita haber nacido primordialmente blanco, en una demarcación donde la cultura sea predominante y desempeñarse en un campo que privilegie a determinada clase de actividades. Si nos preguntamos por qué el mundo del arte se controla por hombres, he allí la respuesta. Si bien es cierto que durante esta edición se dejó de lado una mirada involucrada de lleno en el mercado o las ferias de éxito, optando por una más integral –la cual involucra administradores, catedráticos y un filósofo–, en la elección de sus elementos es posible rastrear una constante que parece destruir cualquier discurso de esta esfera.

Por supuesto, el inconveniente no se limita a la elaboración de esta jerarquía, sino a los puestos que parecen disponerse para las mujeres que se dedican al arte. No hay hilos negros ni justificaciones hiperelaboradas que exliquen este fenómeno. Simple y llanamente un revés más de la discriminación, el sexismo y la desconfianza hacia la opinión femenina.

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