Natasha Estanga Monserratty

El auge del pop art y del arte conceptual en la década de los 60 hizo que su importancia como mercancía se hiciera más evidente en el arte contemporáneo. El precio de las obras era cada vez más elevado y la categorización de una obra como artística o no, se relacionaba más con su precio en el mercado que con cualquier criterio estético; y como toda mercancía, no podía vivir más que en su representación como algo que se contempla y no se vive; algo que se tiene que admirar aunque no se sepa por qué.

En 1998, Nicolas Bourriaud publicó “Estética Relacional”, una serie de ensayos que después usarían diferentes creadores contemporáneos para justificar sus obras. Inspirado en los cambios socio-políticos que resultaron de la caída del muro de Berlín en 1989, el Internet y el avance de las computadoras personales en la década de los 90, además de los cambios en el arte plástico del siglo XX (que comenzó a ser parte de una fuerte crítica a las instituciones) desarrolló el término en el que dentro del término “estética relacional”, el autor engloba ciertas prácticas que tomarían como horizonte teórico la esfera de las relaciones humanas, el espacio público y su contexto social más que la afirmación de un espacio autónomo y privado.

Su propuesta podría entenderse como un proyecto de trabajo interdisciplinario e interactivo que se resiste a todo lo cerrado: un trabajo no concluido que, además, se resiste a serlo; Bourriaud dio esta propuesta como vía de escape de la “sociedad del espectáculo”, proponiendo que el espectador fuera un ser participativo en el sucedo artístico, no sólo un observador, anteponiéndose al movimiento que surgió en los 60.

Pero parece que en la última década el retroceso ha surgido; nuevamente la sociedad se ha caracterizado por darle valor a las relaciones mercantiles que han suplantado las relaciones entre los individuos. Vivimos en una sociedad espectacularizada en la que nos relacionamos por medio de imágenes, la mercancía domina todo lo que existe, incluyendo aquí la esfera del arte y haciendo de éste un artículo más, que ya no es valorada desde la sensibilidad, según las emociones que provoca, sino atendiendo a su valor monetario. Para ello, Bourriaud dice que hemos de crear una nueva relación entre los sujetos y las obras y unos nuevos espacios de encuentro, logrando así una crítica a las instituciones, a la política y al mercado. El sujeto tiene que dejar de contemplar la obra, tiene que embriagarse de ella, palparla, ser la obra en sí. “Lo que se pretende es abordar el arte como un intersticio social, entendiendo por intersticio un espacio de relaciones humanas que, insertándose más o menos armoniosamente en el sistema global, sugiere otras posibilidades de intercambio, diferentes a las hegemónicas en dicho sistema.”

De qué hablamos cuando hablamos de prácticas relacionales

Félix González-Torres es un ejemplo de lo que es la estética relacional, su objetivo era producir un arte comunicativo que exigiera cambios sociales y políticos; Untitled Portrait of Ross in L.A., 1991 es uno de sus trabajos más conocidos que consistía en colocar pilas de caramelos envueltos en celofán de colores, amontonados o extendidos por el suelo de las galerías que el visitante podía coger.

La pila de caramelos representaba a su pareja Ross, quien murió de VIH; el público era invitado a llevarse los caramelos de manera que, simbólicamente, estos se convertían en una metáfora de su desaparición. Con esta creación, González-Torres no sólo cuestionaba la idea de la obra de arte inalcanzable y eterna, sino que incidía en la participación del espectador como integrante, generando lazos sociales y relaciones humanas.  No hay mercantilización en tanto que la obra no se puede vender ni comprar, sólo se expone; el sujeto participa y luego la obra desaparece.

 Otro ejemplo de práctica relacional nos lo da Rirkrit Tiravanija y su obra “Untitled. One revolution per minute”(1996), donde el artista tailandés invita a los espectadores a efectuar acciones cotidianas con él, por ejemplo, compartir la comida, creando así un espacio comunal y cuestionando la relación entre el artista y el espectador.

En la obra de Tiravanija no había artistas ni espectadores, y en las cenas no se daba una relación de comercio; sólo existían sujetos que se redefinían y modelaban su identidad a partir de una experiencia común y comunitaria.

Tomando como ejemplos las dos obras anteriores, podemos concluir que el arte relacional pretende ser una respuesta a la economía de bienes de consumo ofreciendo servicios, y también como respuesta a las relaciones virtuales de internet y de la globalización, ya que propician una mayor comunicación entre la gente. El arte relacional fomenta la interacción, la conversación, el diálogo. Apuesta por dejar de mirar la realidad a través de una pantalla, de una imagen, para empezar a mirar a los ojos, a sentir el arte, a ser el arte.

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